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Saber nadar es parte de la seguridad, pero no lo es todo

7 oct
5 min de lectura

Actualizado: hace 9 horas


Cuando un niño empieza a nadar con soltura, es natural que la familia se sienta más tranquila. Ver a su hijo cruzar la piscina, bucear, flotar o jugar con más confianza aporta una verdadera sensación de logro. Y realmente es un logro.


Pero, cuando hablamos de prevención de ahogamientos, tal vez la pregunta más importante no sea solo si el niño sabe nadar. La pregunta debería ser un poco más amplia: si está aprendiendo a relacionarse con el agua de forma más segura.


Esta diferencia es fundamental. Las recomendaciones más recientes de la American Academy of Pediatrics refuerzan una idea que el INATI también viene defendiendo desde hace mucho tiempo: la seguridad acuática no puede reducirse a la capacidad de ejecutar movimientos de natación. Saber nadar es importante, pero la competencia acuática también implica percepción del riesgo, comportamiento seguro, capacidad de pedir ayuda, reconocimiento de los límites y la comprensión de que cada entorno acuático presenta desafíos diferentes.


Un niño puede nadar bien en la piscina de la escuela, con agua climatizada, profundidad conocida, un profesor atento y el borde al alcance. Esto, sin embargo, no significa que ya esté preparado para situaciones muy diferentes, porque cada entorno acuático exige cuidados, comportamientos y respuestas específicas.


Por eso, corresponde a los profesionales involucrados en la natación infantil comunicar con claridad el papel que ocupa la clase dentro de la prevención. No se trata de restarle valor a la natación. Al contrario. Los niños deben aprender a nadar, desarrollar competencias acuáticas y vivir experiencias positivas con el agua. Pero los adultos necesitan comprender que la clase es una parte importante de un conjunto de cuidados. Contribuye mucho, pero no sustituye la supervisión atenta, las barreras de protección, la orientación sobre comportamientos seguros, el uso adecuado de chalecos salvavidas cuando sea necesario y a los adultos preparados para actuar en una emergencia.


Es precisamente en el día a día donde esta combinación de cuidados marca la diferencia. El riesgo puede aparecer en la casa de campo con piscina donde hay varios adultos cerca, pero nadie ha sido claramente designado para vigilar a los niños; en la casa de amigos donde el acceso a la piscina es libre; en el condominio donde el niño baja 'solo para jugar'; en el club donde los padres creen que, como el niño ya practica natación, puede andar suelto. Muchas veces, el riesgo aparece en el teléfono celular que llama la atención, en la conversación que distrae, en el almuerzo que se está sirviendo o en la toalla que alguien fue a buscar.


El ahogamiento, especialmente en niños pequeños, no siempre se parece a la escena dramática que muchas personas imaginan. Normalmente, es silencioso, rápido y ocurre en entornos conocidos. Por eso, el INATI insiste en un mensaje simple: cerca del agua, presencia no es lo mismo que supervisión. Supervisar es estar atento, saber quién es el adulto responsable en ese momento, mantener al niño en el campo de visión, evitar distracciones y, cuando hablamos de bebés, niños pequeños o nadadores principiantes, estar lo suficientemente cerca para actuar de inmediato.


Este es el sentido de las capas de protección: una medida no elimina la necesidad de la otra. El niño que practica natación sigue necesitando supervisión. La piscina cercada sigue exigiendo atención cuando está en uso. El chaleco salvavidas no transforma una situación de riesgo en un juego sin peligro. La presencia de un salvavidas no elimina la responsabilidad de la familia. La prevención se hace más fuerte cuando estos cuidados actúan juntos, reduciendo la posibilidad de que un pequeño fallo se transforme en tragedia.


Cuando hablamos de niños pequeños, este mensaje debe ser aún más claro. Los bebés y los niños de uno, dos o tres años no tienen la madurez para comprender el riesgo. Pueden caminar, explorar, abrir una puerta, seguir un juguete, acompañar a otro niño y llegar al agua sin percibir el peligro. En este grupo de edad, la principal protección es el adulto.


En el proyecto del INATI para los más pequeños, hemos estado trabajando una idea muy simple: siempre juntitos. Juntitos en la clase, juntitos cerca de la piscina, juntitos en el club, juntitos en la casa de amigos, juntitos siempre que haya agua cerca. Este mensaje también forma parte de un movimiento mayor. El INATI creó el Noviembre — Mes Nacional de la Seguridad Acuática exactamente para ampliar esta conversación con la población y recordar que la seguridad acuática necesita ser aprendida, enseñada y repetida. No basta con hablar de prevención solo después de que ocurre una tragedia. Es necesario crear una cultura en la que las familias, las escuelas, los profesores y las comunidades comprendan mejor los riesgos y sepan cómo actuar antes de que aparezcan.


También es importante recordar que algunos niños necesitan una planificación aún más cuidadosa. Los niños autistas o con otras necesidades específicas pueden sentir una fuerte atracción por el agua, tener una menor percepción del riesgo, dificultad de comunicación o respuestas diferentes a las órdenes y a los cambios de entorno. Esto no significa alejarlos del agua. Al contrario. Los programas acuáticos adaptados, bien conducidos y respetuosos pueden ser muy importantes para el desarrollo, la inclusión y la seguridad.


Pero la inclusión acuática también exige prevención. Es necesario conocer al niño, orientar a la familia, adaptar las estrategias y pensar en los riesgos reales de los entornos que frecuenta.


Para las escuelas de natación, queda el desafío de mostrar la importancia del aprendizaje acuático dentro de la prevención, dejando claro que es esencial, pero que no actúa solo. Una buena escuela no enseña únicamente estilos de natación. Ayuda al niño a construir una relación más competente, consciente y positiva con el agua. Esto incluye entrar y salir del agua, flotar, respirar, desplazarse, orientarse, respetar los límites, reconocer situaciones de riesgo, pedir ayuda y entender que una piscina, una playa, un río, un lago y un embalse no son la misma cosa.


Para las familias, queda otro desafío: valorar la clase de natación sin transferirle toda la responsabilidad. Matricular al niño en una buena escuela es una excelente decisión, pero no da por terminado el asunto. La prevención continúa en casa, en el club, en las vacaciones, en las fiestas y los fines de semana.


Tal vez la mejor síntesis sea reconocer que aprender a nadar es parte de estar más seguro en el agua, pero no lo es todo. La seguridad acuática nace de la suma entre aprendizaje, supervisión, un entorno protegido, información correcta y adultos conscientes de su papel. El agua puede ser alegría, salud, desarrollo y convivencia, pero exige respeto. Y respetar el agua empieza por entender que ningún niño debe estar solo en esta relación.

 
 
 

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